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LOS LOBOS DE ASTURIAS

En los primeros meses después de mi llegada a Cedeira , de vuelta una de mis caminatas diarias en la playa, en un día en que el frío congelaba hasta los huesos , conocí a Doña Genara. Estaba sentada en un banco, con vistas a la ría, acompañada por Elvira, su joven cuidadora. Les saludé mientras pasaba, pero Doña Genara me llamó, invitándome a sentarme con ellas. El cuerpo de Doña Genara no doblaba al nivel de las caderas, por eso estaba erguida en el banco, su espalda en línea recta con sus piernas rígidamente estiradas delante de ella, en un precario equilibrio en el  borde del asiento. Sus ojos reflejaban un apetecible y travieso destello que no lograba ocultar una profunda y melancólica sabiduría. En aquel entonces, ella tenía muy por encima de los noventa años.

Me hizo muchas preguntas, sobre mis orígenes tejanos, sobre los motivos porque me encontraba en Cedeira, sobre mi pintura, sobre mi trabajo como profesora . Ella había sido maestra en el colegio público durante la dictadura de Franco; por lo tanto yo tenía muchas preguntas para ella. Después de más de una hora de conversación, fui invitada a su casa a tomar un té.

Vivía en el segundo piso de un edificio cercano; con dificultad y la experta ayuda de Elvira, subió las escaleras hasta la puerta de su casa, espaciosa y con una vista espectacular a la ría. Después de alcanzar , con ayuda, una silla en la amplia mesa del comedor, con sus caderas en equilibrio en el borde del asiento y sus piernas hacia adelante, rectas hasta el suelo, le dio instrucciones a Elvira en cuanto al mantel y servilletas, la porcelana y los cubiertos, que quería en la mesa. Elvira fue a un armario, alto y estrecho, al otro lado del comedor y abrió la puerta para descubrir estantes de exquisita mantelería, tapetes de encaje, y aros de servilleta. Después de seleccionar un precioso mantel de color beis, con bordado rojo y espectacular calado, con servilletas a juego, Elvira cerró la puerta del armario y abrió el aparador al lado para mostrar vajilla y cubertería igualmente lujosas; de allí eligió para cubiertos para tres, de motivo colorido barroco y unas hermosas copas de agua de cristal tallado.

En este gentil ambiente, tomamos té y disfrutamos bombones, galletas con glaseado de chocolate, onzas de amargo chocolate Lindt, galletas íntegramente de chocolate, magdalenas con relleno  de chocolate, y petits fours de chocolate negro. Rápidamente me enteré de que mi anfitriona y yo compartíamos la misma gran pasión por el chocolate, y yo le conté de los brownies de chocolate negro por los que disfrutaba de gran fama dentro de mi familia. Era fácil estar al lado de Doña Genara, fácil reírme con ella, fácil  compartir cuentos y historias. Su animosa personalidad y su amor por los cuentacuentos eran contagiosos y llenaron la tarde, hasta que estábamos saciadas  y resultaba imposible comer ni una galleta más. De repente el destello pícaro de sus ojos se intensificó, avisándome que algo extremamente agradable estaba al punto de pasar. ¿“Has probado alguna vez la crema catalana”?

Al instante, Elvira estaba de pie, repartiendo copitas de licor de cristal tallado, luego en cada una sirvió un líquido cremoso, color lana cruda, cuya fragancia rodeó mi cabeza con suaves caricias de vainilla, canela, y caramelo, flotantes abrazos de promesas de más placeres por venir. “Es mi favorito”, dijo Doña Genara. “Está inspirado por el postre catalán del mismo nombre, hecho de yema de huevo y azúcar caramelizado. La próxima vez que vienes a tomar té, lo tendremos. Y trae tus brownies de chocolate negro”.

"¿La próxima vez? Oh, sí, ¡deja que haya una próxima vez!." Y sí, había la próxima, y la siguiente, y la siguiente…. No sé cuántas veces tomé el té con Doña Genara. Tomamos té, comimos chocolate en todas las formas imaginables, contamos cuentos y anécdotas, compartimos memorias alegres unas y tristes otras, y siempre terminamos nuestra visita brindando con una copita… o dos o tres…. de crema catalana.

Ella estaba entusiasmada por mi pintura y grabado, siempre animándome a trabajar, a pintar, a grabar. Sus cuentos eran una gran fuente de inspiración, y pronto tenía un cuaderno lleno de bocetos y dibujos nacidos de sus cuentos y memorias, lo que a ella le encantaba mirar tranquilamente una y otra vez mientras dábamos sorbitos a una copita de crema catalana. Y sobre los sorbitos de la crema catalana, le prometí que trabajaría obras de arte formales basadas en mis bosquejos.

De repente me llegó la inesperada noticia de que mi madre se había enfermado gravemente. Tuve poca oportunidad de despedirme de mis amigos, pero sí que compartí una última copita de crema catalana con Doña Genara. La tristeza era palpable en el beso de ese adiós. Estuve en Texas durante ocho meses, cuidando a mi madre, y durante ese tiempo me llegó la noticia de que Doña Genara había fallecido tranquilamente mientras dormía.

Muchas son las  historias con las que Doña Genara me hechizó. En una contaba del tiempo que pasó como maestra en Asturias, bajo la dictadura de Franco. Me parecía que pensaba, aunque nunca lo confesó, que la había mandado el gobierno a esa campiña rural en Asturias como algún tipo de castigo o exilio. Daba clases en un aula de una sola habitación, y vivió en el alojamiento adjunto,  un dormitorio y una cocina improvisada que tenía una pequeña estufa de leña, en la que hacía sus comidas y del que dependía para calentar su casa y aula durante el invierno. Recogía la leña a la luz del día, porque el aullar de los lobos la aterrorizaba por la noche.

A Doña Genara  le gustaron particularmente mis bocetos de “Los lobos de Asturias”, así que cuando regresé a Cedeira y retomé mi obra artística, fue la primera imagen con la que trabajé. Hice dibujos formales, y una xilografía de nueve colores a plancha perdida. Ahora tengo en proceso una pintura sobre lienzo, en la que pretendo plasmar los colores del arte paleolítico que se encuentra en las cuevas de Asturias.  

Trabajando en estas imágenes de “Los lobos de Asturias” inspiradas por Doña Genara, su presencia vuelve y me acompaña, animándome y iluminando la obra. Mientras pinto, las memorias y el anhelo me abrazan, y se me humedecen los ojos. Si tan sólo pudiéramos sentarnos juntas una vez más, riéndonos y contando historias mientras disfrutamos unas copitas de crema catalana.



THE WOLVES OF ASTURIAS

 

During the first months after I arrived in Cedeira, returning from one of my daily walks on the beach on a bone-chilling cold winter day, I met Doña Genara. She was sitting on a park bench, looking out over the bay, accompanied by Elvira, the young woman who was her caregiver-companion. I greeted them both in passing, but Doña Genara called after me, inviting me to sit with them. Doña Genara´s body did not bend at the hips, so she was somewhat stiffly settled onto the bench, her back in a straight line with her legs, which were rigidly stretched out in front of her, leaving her rather precariously balanced on the edge of the seat. Her eyes sparkled with an appealing, mischievous twinkle that failed to obscure a profound and melancholy wisdom.  At that time, she was well over ninety years old.   

Doña Genara asked many questions about my Texas origins, about why I had come to Cedeira, about my painting, about my teaching. She had been a public school teacher under the Franco dictatorship, and I had many questions for her. After more than an hour of conversation, I was invited to tea at her home.

She lived on the second floor of a nearby building; with difficulty and Elvira´s experienced help, she climbed the flight of stairs to the door of her flat, which was spacious and with a spectacular view of the bay. After being assisted onto a chair at the ample dining room table, with her hips poised on the edge of the seat and her legs straight out and down to the floor, she directed Elvira as to which table cloth and napkins and what china and silverware she wanted to use. Elvira went to a high, narrow closet at the other end of the dining room, and opening the door, revealed shelves of lacy linens (tapetes), doilies, and napkin rings. After selecting a beautiful beige tablecloth with red embroidery and spectacular cutwork, with napkins to match, Elvira closed the closet door and opened the sideboard (aparador) to reveal equally luxurious dinnerware and crystal, from which she chose place settings in a colorful baroque pattern, and beautiful cut glass water goblets.

In this genteel ambience, we drank tea and ate chocolate bonbons, cookies with chocolate icing, squares of bitter, dark Lindt chocolate, cookies that were chocolate through and through, chocolate cupcakes, and dark chocolate petits fours. I quickly found that my hostess and I shared the same great passion for chocolate, and I told her about the chocolate brownies for which I was famous in my family.  It was easy to be with Doña Genara, to laugh with her, to share stories with her. Her spirited personality and love of storytelling were contagious and filled the afternoon, until we were satiated and couldn´t eat one more cookie.  Suddenly the familiar sparkle in her eyes intensified, warning me that something extremely pleasant was about to happen. “Have you ever had Catalan Cream?”  

Instantly, Elvira was at the table, giving us each a lovely cut crystal liquor glass, into which she poured a creamy beige liquid, the fragrance of which instantly wafted  round my head, softly embracing me with vanilla, cinnamon, and caramel promises of more delight to come. “It´s my favorite,” said Doña Genara. “It´s inspired by the Catalan desert of the same name, that´s made from egg yolk and carmelized sugar. The next time you come for tea, we´ll have it. And you bring some of your chocolate brownies.”

The next time? Oh, yes, please, please, let there be a next time. And there was, the next and the next and the next. I don´t know how many times I had tea with Doña Genara. We drank tea, ate chocolate in every form imaginable, told stories, shared happy and sad memories, and always ended our visit by toasting with a glass…. or two or three…. of Catalan Cream.  She was particularly enthusiastic about my painting and printmaking, always encouraging me to work, paint, make prints. Her stories were a great source of inspiration, and I soon had a notebook full of sketches based on her memoirs, which she took great pleasure in perusing time and again while we sipped Catalan Cream. And over Catalan Cream I promised her that I would execute formal works of art from my sketches.

Then came the unexpected notice that my mother had fallen seriously ill. I had little time to say good-by to friends, but I did have one last glass of Catalan Cream with Doña Genara. The sadness was palpable as we kissed each other farewell. I was in Texas for eight months, caring for my mother, during which time I received word that Doña Genara had peacefully passed away in her sleep.  

Many are the stories with which Doña Genara enthralled me. One was of the time she spent during the Franco dictatorship as a teacher in Asturias. She seemed to think, although she never explicitly said it, that she had been sent to that rural countryside in Asturias as some kind of punishment or exile by the government. She taught in a one-room classroom, and lived in attached quarters consisting of a bedroom and a makeshift kitchen with a small wood-burning stove, which served to cook her meals and provide warmth in winter. She collected wood for her stove during daylight hours, because the howling of the wolves made the night too frightening to venture outside.

Doña Genara had particularly liked my sketches of “The Wolves of Asturias,” so when I returned to Cedeira and resumed my artwork, this was the first image with which I worked. I made formal drawings, and a 9-color reduction woodcut. Now I´ve started a painting, which I plan to execute in the colors of the paleolithic cave art in Asturias.

Working on the images of “The Wolves of Asturias” inspired by Doña Genara, her presence returns and accompanies me, encouraging me and enlightening me.  As I paint, memories and longing embrace me, and my eyes moisten.  If only we could sit together one more time, laughing and spinning stories over a glass of Catalan Cream.

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Gallery/Galería 2007 - 2009
Serie D.I.
2003 – 2010 Scenes from / Escenas de Cedeira and Galicia
1996 – 2000 Retablos
1998 and before / y ántes


 


Title / Título:


Medium / Medio:


Size / Tamaño:


Year / Año:

Los lobos de Asturias / The Wolves of Asturias

Acrílico sobre lienzo / Acrylic on canvas

100 x 100 cm /
39.5" x 39.5"

© 2015

 



Title / Título:

Medium / Medio:

Size / Tamaño:

Year / Año:
La pared

Acrílico sobre tela

100 x 100 cm

© 2009

 




Title / Título:

Medium / Medio:

Size / Tamaño:

Year / Año:
Genesis

Acrílico sobre tela

60 x 60 cm

© 2007

 



Title / Título:

Medium / Medio:

Size / Tamaño:

Year / Año:

Súplica

Acrílico sobre tela

50 x 50 cm

© 2007

 



Title / Título:

Medium / Medio:

Size / Tamaño:

Year / Año:
Compenetración

Acrílico sobre tela

65 x 81 cm

© 2007

 



Title / Título:

Medium / Medio:

Size / Tamaño:

Year / Año:
La creación del habla

Acrílico sobre tela

65 x 81 cm

© 2007

 



Title / Título:

Medium / Medio:

Size / Tamaño:

Year / Año:
Los montículos

Acrílco sobre tela

54 x 65 cm

© 2007

 



Title / Título:

Medium / Medio:

Size / Tamaño:

Year / Año:
La creación del rupestre

Acrílco sobre tela

73 x 92 cm

© 2007


 

Title / Título:

Medium / Medio:

Size / Tamaño:

Year / Año:
Helix II

Técnica mixta sobre lienzo

60 x 60 cm

© 2007

 



Title / Título:

Medium / Medio:

Size / Tamaño:

Year / Año:
Helix

Acrílico y papel sobre papel

64 x 55 cm

© 2007

 




Título / Title:

Medio / Medium :


Tamaño / Size :

Año /  Year :
Conexiones

Técnica mixta sobre lienzo
Mixed media on stretched
             canvas
 40 X 100 cm
 16  X 40 inches
© 2008 Jane Danko



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